En el contexto de la Fundación Galatea, institución dedicada principalmente al cuidado de la salud y el bienestar de los profesionales sanitarios, con el fin último de garantizar una mejor atención a la ciudadanía, surge —desde una sensibilidad particular hacia los profesionales migrantes— la creación de un grupo de apoyo de ocho encuentros con frecuencia semanal.
Este texto es fruto de los encuentros que tuve el privilegio de compartir con médicos que atraviesan la experiencia migratoria. A ellos agradezco profundamente la confianza y la generosidad con la que compartieron sus vivencias. Escuchar sus relatos, acompañar sus reflexiones y aprender de sus recorridos despertó en mí la necesidad de pensar la migración médica más allá de lo individual y trasladar estas preguntas al ámbito institucional. De allí también surgió la búsqueda de lecturas que me permitieran elaborar teóricamente lo escuchado y, al mismo tiempo, interrogar resonancias personales que la temática convocaba.
Migrar, una experiencia de desarraigo
En términos de Simone Weil, el proceso migratorio puede pensarse como una experiencia de desarraigo. En L’enracinement (1949), Weil desarrolla la noción de arraigo como una de las necesidades fundamentales del alma humana. Desde esta perspectiva, la migración no implica únicamente la pérdida del lugar de origen, sino el debilitamiento de los vínculos que sostienen la continuidad, la pertenencia y la responsabilidad compartida. El impacto psíquico no deriva solo de la movilidad geográfica, sino de la dificultad para reconstruir formas de arraigo significativas en el nuevo contexto institucional y laboral.
Una migración necesaria…pero con repercusiones invisibilizadas
La migración de médicos hacia España ha aumentado de manera sostenida en los últimos años, constituyendo una respuesta relevante a las demandas del sistema sanitario. No obstante, más allá de los beneficios profesionales y formativos que este proceso puede implicar, la migración conlleva un impacto significativo en la salud mental de quienes la atraviesan. En el caso de los médicos migrantes, dicho impacto suele permanecer invisibilizado, en parte debido a un mandato implícito de gratitud —sustentado en la percepción, tanto propia como del entorno familiar y social, de haber alcanzado un logro—. Esta exigencia internalizada puede entrar en tensión con la vivencia subjetiva del malestar, generando fenómenos de disonancia y conflicto intrapsíquico, frecuentemente acompañados de sentimientos de culpa cuando la experiencia personal no se ajusta a las expectativas. A ello se añaden el ideal de resiliencia y la expectativa social asociada al proyecto migratorio, que pueden reforzar la tendencia a la minimización o silenciamiento del sufrimiento psíquico.
La migración puede comprenderse como un proceso de alta exigencia adaptativa que implica múltiples pérdidas: vínculos afectivos, referencias identitarias, estatus social, lengua, códigos culturales y redes de sostén. En personas con vulnerabilidad psíquica previa, estas pérdidas pueden reactivar o intensificar dicha fragilidad. La experiencia clínica muestra que el proceso migratorio no crea necesariamente el sufrimiento, pero sí puede amplificarlo, funcionando como desencadenante de cuadros depresivos, ansiosos o descompensaciones más graves.
Los médicos migrantes refieren experiencias de discriminación, tanto explícitas como sutiles, en el ámbito laboral y formativo: burlas por el uso del lenguaje, cuestionamientos a la competencia profesional, estereotipos asociados al origen latino, el color de piel o la asignación sistemática de condiciones laborales menos favorables. Cuando estas vivencias no son abordadas por las estructuras docentes o institucionales, tienden a normalizarse, erosionando progresivamente la autoestima y el sentido de pertenencia, favoreciendo la vivencia de ser profesionales de “segunda categoría”.
El “derecho a tener derechos” y la pertenencia condicional
En relación con esto, Hannah Arendt introduce en The Origins of Totalitarianism (1951) la expresión “el derecho a tener derechos”, aludiendo a la necesidad de pertenecer a una comunidad política que garantice el reconocimiento efectivo. Desde esta perspectiva, ciertas experiencias relatadas por médicos migrantes pueden leerse como formas de desigualdad en el acceso al reconocimiento profesional y simbólico, incluso cuando los derechos formales están garantizados. La integración funcional en el sistema de salud no siempre se traduce en un reconocimiento pleno, lo que sitúa a estos profesionales en una posición de pertenencia condicional.
Lengua, identidad e inclusión
El aprendizaje de la lengua local aparece como un eje ambivalente: puede vivirse como un puente de integración cuando se da en un contexto de cuidado y reconocimiento, o como una imposición experimentada como amenaza identitaria. Algunos médicos relatan que el mensaje implícito recibido es que deben “olvidar de dónde vienen” para poder pertenecer. En estos casos, la lengua deja de ser únicamente una herramienta de comunicación y se convierte en un marcador de inclusión o exclusión, pudiendo generar rechazo, desmotivación y angustia.
El duelo migratorio y la identidad escindida
El proceso migratorio conlleva un duelo complejo y, en muchos casos, prolongado. Los médicos describen la vivencia de una identidad escindida: ya no se sienten plenamente parte del país de origen, pero tampoco del país de acogida. El regreso temporal, especialmente en fechas significativas, no se vive como retorno sino como visita, reforzando la sensación de extranjería permanente. Esta posición liminal impacta en la construcción del yo y en el sentimiento de continuidad biográfica. El duelo migratorio se experimenta como persistente porque el lugar de origen no desaparece: permanece allí, mientras el sujeto ya no lo habita del mismo modo.
Un sufrimiento desautorizado
El sufrimiento migratorio suele quedar desautorizado tanto por el entorno familiar como por el social. La migración es percibida como una elección positiva o un logro, lo que dificulta expresar malestar sin culpa. Muchos médicos refieren sentirse solos “por ambos lados”: incomprendidos por quienes permanecieron en el país de origen y escasamente reconocidos en el país de acogida. Esta soledad emocional constituye un factor de riesgo para el desarrollo de psicopatología.
Siguiendo a Judith Butler, especialmente en sus desarrollos sobre los marcos de reconocimiento y la vulnerabilidad, puede afirmarse que el sufrimiento de los médicos migrantes tiende a quedar fuera de los marcos dominantes de inteligibilidad. Se trata de un malestar que no siempre resulta socialmente legible ni legítimo, precisamente porque afecta a sujetos considerados exitosos, productivos y necesarios para el sistema.
A la experiencia migratoria se suman con frecuencia otros factores de riesgo: antecedentes personales de depresión, duelos por la muerte de familiares en el país de origen, presión económica asociada al envío de remesas, dificultad para viajar ante situaciones urgentes y condiciones laborales exigentes. La acumulación de estos estresores incrementa la probabilidad de descompensación psíquica, como se observa en algunos casos que han requerido ingreso o atención especializada.
El grupo como espacio de reconocimiento y protección
En este contexto, la participación en grupos terapéuticos de médicos migrantes emerge como un factor protector significativo. El grupo ofrece un espacio de reconocimiento mutuo, validación del sufrimiento y elaboración colectiva de la experiencia migratoria. Los participantes destacan la importancia de dejar de vivirse como “el problema” y comprender que el malestar constituye una respuesta comprensible ante una situación compleja. En este caso, el hecho de que la coordinación estuviera a cargo de un profesional también migrante favoreció la confianza y la apertura, contribuyendo a romper el silencio que suele imperar en los espacios formativos y laborales.
Cuidar de lo profesionales para cuidar de la ciudadanía
Visibilizar el impacto de la migración en la salud mental de los médicos no implica cuestionar el valor de la experiencia migratoria ni negar su potencial transformador. Implica reconocer su complejidad y comprender que la vulnerabilidad no es un fallo individual, sino una dimensión constitutiva de procesos atravesados por estructuras institucionales, marcos de reconocimiento y condiciones materiales específicas. Cuidar la salud mental de los médicos migrantes es también una forma de cuidar el sistema de salud en su conjunto, favoreciendo trayectorias profesionales más sostenibles y una integración que no sea únicamente funcional, sino también simbólica y subjetiva.
Karina Martínez González, psicóloga de consultas externas de Clínica Galatea y terapeuta y docente de la Fundación Galatea
Más información